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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2007. Resumen
En EsperaA la espera de escribir el post de los simpas prometido (tú verás que se me pasa la vez) y otros pocos que continúan en el horno, y atacada y atascada por un resfriado repentino que me ha dejado lacia, lacia, lacia… y desganada, y que amenaza con joderme la semana que se avecina, un "cuadro":
![]() "Will o’ the Wisps", de Cornelia Yoder
“Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.”
"Palabras Andantes" de Eduardo Galeano ( Uruguay, 1940 ) A dormir
Una canción infantil, “We all stand together”, de Paul McCartney, que va acompañada de un vídeo de animación muy logrado:
Igual alguno la recuerda.
Ahora, a dormir, la siesta, la noche, la cabezada en el sofá, a dormir.
¿ Hacemos un "simpa" ?![]() A las dos de la mañana, a punto de conciliar el sueño, recibo un SMS: “Somos lo peor de lo peor y encima unas delincuentes”. No respondo. Hasta hace unos cuatro meses sólo había hecho un “simpa” (irse sin pagar de un establecimiento) en toda mi vida, y llegaba sólo a la categoría de intento. Antes de seguir, tengo que decir que es algo que me parece muy mal, y en muchas ocasiones me he negado a hacerlo (más por acojonada que por íntegra, - como robar en El Corte Inglés - , pero también es cierto que me parece muy mal). En realidad sé que no es buena idea escribir estas cosas y menos mostrarlas al público, pero la verdad es que no me importa, mi blog es libre en sí mismo y no tiene pretensiones, y a mí me da igual todo (casi todo). Mi primer simpa: Tuvo su gracia. Fue hace muchos años, diez o así, durante la Feria de Almería. Estábamos un grupo de gente bastante grande, al final unas doce o quince personas, en un bar de tapas completamente abarrotado, imaginad, en plena feria del centro. Lo típico de las ferias, nos encontrábamos con conocidos y el grupo fue aumentando. Durante nuestra estancia en aquel bar pedimos unas tres rondas de tapas y cañas para todos. No recuerdo bien de quién partió la idea del simpa, pero rápidamente tuvo seguidores, y nos fuimos diciendo unos a otros al oído el plan: ir saliendo de uno en uno, disimuladamente, aprovechando el tumulto, y encontrarnos a la vuelta de la esquina. En cualquier caso, llegó un momento en que no era posible la disidencia, porque gran parte del grupo ya había desaparecido. Entre los conocidos que se nos habían añadido se encontraba la prima de uno, que habiendo llegado mucho más tarde, y en un estado etílico considerablemente menor, no se había coscado de la operación. Yo fui de las últimas en salir y presencié el fracaso. La chica se quedó clavada. Se escuchó: “corre, corre”, pero la chica no se movía del bar, perpleja, sin entender qué sucedía. Al ver que los últimos rezagados, que venían tras de mí, corrían, yo corrí también, pero justo antes de volver la esquina pudimos ver al dueño del bar, puede que alarmado por los “corre, corre”, no lo sabemos, conversando con la chica. No podíamos dejarla cargar con el marrón, así que algunos de nosotros volvimos, haciéndonos los despistados y diciendo “yo creí que ya habían pagado”. Quizá debido a este primer y estrepitoso fracaso, durante muchos años después de eso no me pareció buena idea hacer un “simpa”. Si en este tiempo alguna otra vez me he ido sin pagar, que no lo recuerdo, pero no me extrañaría, sería por puro despiste o confusión. Simpa Dos: Je, aquí triunfamos. No fue premeditado. Ahora que lo pienso, dudo que la mayoría de ellos lo sea, sólo los de los muy profesionales; yo creo que es más bien fruto del transcurrir de los hechos, normalmente acompañados de ingesta de alcohol, que hace que disminuya tanto la integridad como la sensación de peligro. Éste sí que fue un “simpa” en toda regla, ya que te pones hazlo bien. Salimos del cine, mi amigo, mi amiga y yo (claro, aquí sí que no se pueden dar nombres, ni links). Nos fuimos a un local muy de moda, de los de sofá y diseño, principalmente porque estaba allí al lado. Felices, nos pedimos un mojito, mientras comentábamos la película. Más felices aún, jugamos a “entrevistas ficticias”, simulando que el sofá pertenecía a un plató de televisión y nosotros éramos presentadores y estrellas del porno. Partiéndonos de la risa pedimos un segundo mojito, y otro más. Entonces nos percatamos de que los mojitos costaban ¡ocho euros!. No terminamos de ajustar los cálculos, pero tuvimos la impresión de que era posible que, ni siquiera juntando el dinero que llevábamos entre todos, nos llegara para pagar la cuenta, y desde luego olvídate de continuar la noche. Una va de expedición a la planta baja, donde están los baños, porque nos parece recordar que había una salida por allí, pero está cerrada. La barra pilla lejos, y la puerta muy cerca de donde estamos sentados, sería cuestión de encontrar el momento en que alguno de los clientes tapara el campo de visión de la camarera. Hacemos el plan, le damos mil vueltas, otro sale a la calle a ver cómo es, vuelve y nos lo cuenta. Pensamos en separarnos una vez en la calle y confundirnos con los transeúntes, el local está oscuro, es posible que la camarera no nos recuerde bien, y si sale a la calle buscará a tres personas, será difícil que nos recuerde por separado, de pie y de espaldas. No nos terminamos de poner de acuerdo hacia dónde debe ir cada uno ni dónde debemos reunirnos una vez completada la huida, cuando el local repentinamente se empieza a llenar, llega un grupo numeroso de gente, y ocupadas todas las mesas como estaban, se dedican a pedir masivamente en la barra. Es nuestra ocasión, si esperamos a que se recompongan, la perdemos. Sin pensarlo dos veces cogemos la puerta. Caminamos, paso apresurado, hasta el final de la calle, que está cerca. Al tomar la esquina, todos echamos a correr. Me separo de mis compañeros y al volver a torcer otra esquina, me calmo, me suelto el pelo y comienzo a caminar tranquilamente. Chute de adrenalina: el corazón se me sale del pecho, al tiempo que me invade una extraña sensación de felicidad. No sé qué ha sido de mis compañeros, y lo peor es que, al no haber terminado de concretar el plan, no sé dónde debemos volver a encontrarnos. Nos llamamos por teléfono y al final, no sin esfuerzo, volvemos a reunirnos. Todo salió bien. Nos fuimos a una champañería a celebrarlo. Simpa Tres: Toda la vida sin hacer simpas y en un solo día “cometo” dos. Fue el otro día, el jueves: Habíamos almorzado pronto, y a media tarde yo, que estaba especialmente caprichosa, tenía hambre otra vez. Entramos en un bar tipo delicatessen, de los de mostrador de carnicería en la entrada y mesas con forma de barril. La edad media de los habituales era relativamente elevada, yo siempre digo que eso es buena señal, que se trata de gente que lleva mucho en el negocio y sabe adonde ir. Mucho polito rosa y flequillos repeinados hacia un lado, pero nosotras vamos a lo nuestro. Nos pedimos unas cañas, que en ese lugar siempre van acompañadas de una buena tapa de queso. No satisfecha con eso, quiero algo más, por lo que me pido una tosta, de jamón y salmorejo. Otra caña. El jamón me encanta y me pido un tabla entera, del bueno, del ibérico. Otra caña. Sigo caprichosa, con un hambre anormal, y ya que estamos, un día es un día, quiero un postre, tarta de queso con limón. Satisfecha, me tomo otra caña, con su tapa, siempre la tapa. Bueno, tampoco fe un simpa propiamente dicho, fue con toda la complicidad de la camarera, algo inexplicable: Al tiempo de pedir la última caña se nos acerca la camarera que nos ha atendido toda la tarde (los platos aún sobre el barril/mesa) y nos dice, sonriendo: “Chicas, ha habido un problema, se nos ha perdido vuestra cuenta”. “¿Entonces?”. “Entonces no tenéis que pagar nada”. Pregunto yo, tonta de mí, e incrédula, mirando las cañas que acaban de depositar sus manos sobre la mesa: “¿Y esto?”, y ella, casi molesta: “Bueno, pues pagad esto nada más”. No nos lo podemos creer. A la hora de pagar nos levantamos, ha anochecido, el local se ha llenado de gente y la camarera, ocupada, no nos hace ni caso. Decidimos que nos íbamos sin pagar nada, que era el verdadero deseo de la camarera, pero nos quedó una mezcla de incredulidad y remordimiento, y nos pareció casi un simpa. Desconocemos las razones de la camarera para invitar así a dos desconocidas. Era fácil calcular qué nos habíamos tomado con sólo mirar la mesa. La cuenta hubiera supuesto un dineral. De todas formas no pensábamos volver a ese local. Se comía bien, pero como en tantos, y la clientela era demasiado pija. Simpa Cuatro: Sin poder creer nuestra suerte, y un poco achispadas, decidimos tomarnos la última, como fin de fiestas. Pensamos ir al Chesterfield, local tipo cervecería americana, en el que suele haber actuaciones. No lo encontrábamos, por lo que decidimos meternos en el primer lugar que pillásemos. Pasamos por un “cocktail bar” en el que también ponen comida, con terraza, y pensamos en un mojito. Era un sitio bastante pretencioso, de grandes cristaleras y neones, mobiliario de diseño, carpa blanca en mitad de la calle y sillas diferentes a las habituales de terraza, todo en blanco. A nuestro lado está sentado un americano obeso que da cuenta de un costillar. Las otras clientes son dos chicas americanas jóvenes que también toman mojitos. Hace un poco de frío y viento en la terraza y no nos convence el local. Tardan un cuarto de hora en atendernos, a pesar de que apenas hay clientes (camareros de verano, pensamos). Una vez hecha la petición tardan otro buen rato, excesivo a todas luces, en traernos las copas. Una vez que nos las traen, descubrimos que los mojitos están asquerosos. Las americanas se las ven y se las desean para que les atiendan y les traigan la vuelta de la cuenta, y nos dejan a solas con el americano, que se ha pedido un postre, que riega abundantemente con vino. Pedimos la cuenta, pero pasado un cuarto de hora no viene nadie. Ni siquiera podemos hacer contacto visual con el camarero, porque el local, a pesar de ser de cristaleras, tiene doble piso, y la barra está en el segundo. La única posibilidad sería entrar a pagar al local. El capítulo mojito nos está resultando eterno. En ese momento descubrimos que el americano, que lleva esperando tanto tiempo como nosotras para pedir la cuenta, ni corto ni perezoso, se levanta y se larga. Nos miramos estupefactas, y casi al unísono, llegamos a la misma conclusión: “¡vámonos nosotras también!”. Tomamos la calle en la misma dirección que había tomado el americano. Ahora me doy cuenta de que era un error, porque el tramo de calle contrario era más corto, pero en el momento nos pareció lo mejor. De pronto miramos y el americano ha desaparecido. Ni idea de su paradero, un misterio. Se metería en un edificio, en un coche o cogería un taxi. Andamos deprisa, somos conscientes de que el camarero puede salir en cualquier momento porque ya estaba tardando mucho. La calle se hace eterna. Y cuando pensamos que ya llegábamos a la esquina, oh sorpresa, no es esquina, sino un edificio que se mete ligeramente porque tiene una especie de porche. En realidad estamos todavía a mitad de la calle. No quiero volver la cabeza porque eso es delatarse directamente. Ahora sí que se nos hace eterna la calle, buscamos un portal, cualquier rincón, lo que sea, pero nada, la única salida es seguir adelante. Ahora nos hemos distanciado la una de la otra, como si no nos conociésemos, pero es una medida un tanto estúpida porque somos las dos únicas personas de la calle. Por fin llegamos a la esquina, podemos volvernos a mirar y allí no se veía a nadie. Exceso de adrenalina. Decidimos ir a celebrarlo a un bar de tapas normal, y cenar algo (como si no hubiésemos comido lo suficiente a lo largo del día). Nos pedimos otras dos cañas, unas croquetas y unos huevos rotos. Mi amiga insinúa volver a irnos sin pagar, pero cuando ya están cerrando un bar es un poco difícil, y de todas formas es mejor cortar los vicios a tiempo. ReencuentrosFred Astaire - Dancing cheek to cheek Hay días que se sabe, que va a ser especial, pero otros ni lo sospechas. Hoy ha sido uno de estos últimos.
- Hola, ¿no sabes quién soy? A continuación le mandé el número de teléfono de ML, divertida pensando en la sorpresa que ML se llevaría en breve.
Me dejó su correo, como quien trafica con algo ilegal, yo no recuerdo si le dejé el mío. Tuve la servilleta en la que estaba apuntado el correo una temporada sobre mi escritorio, pero nunca me decidía a escribirle, porque esperaba que pasara un poco más de tiempo y que él tuviese algo nuevo que contarme, pero de pronto un día la servilleta ya había desaparecido.
Yo: -Has hablado con él, ¿verdad? Estoy feliz, jejeje, ¡hemos recuperado a JR!, jejeje, ha vuelto a nosotros, ¡se acuerda! Es flipante esta historia, la de vueltas que da la vida, y nunca sabes lo nuevo que te vas a encontrar.
Contracapítulo: Personas a las que dejé de admirar ITambién fue mi profesor en primero, no diré su nombre no sé por qué, pero algunos sabréis a quién me refiero. Siendo profesor se caracterizaba por su aparente integridad, por poseer una visión ecuánime de la Historia y por darle siempre, dentro de la misma, un hueco a la mujer (la de cosas que aprendí). Parecía guay. Unos once años después, coincidió que terminé viviendo en su mismo edificio. Éramos vecinos. Cuento brevemente la situación que se daba en aquel bloque de pisos (en pleno centro, en principio el sitio más “bien” en el que había vivido): Al tiempo de establecerme allí, descubrí que en la planta de arriba había un puticlub, pero no un puticlub en condiciones, como el que había tenido en el balcón de enfrente durante cuatro años un tiempo atrás, sino uno en el que chicas de otros países (Brasil, Bolivia, alguna del sudeste asiático) estaban siendo explotadas. Después de un episodio que conté hace tiempo en este blog (según recuerdo es el único que he borrado por lo fuerte que era), y de mi charla con el guardia civil, descubrí que mi casero, y al mismo tiempo presidente de la comunidad de vecinos, estaba “comprado” de alguna manera por los que regentaban el piso de citas. La relación con mi casero (el peor que he tenido, qué hijo de puta), casualmente mi vecino de puerta, era muy mala y había llegado a un punto de no retorno en el que apenas nos dirigíamos la palabra y era todo falsedad por ambas partes. Yo ya estaba muy mosqueada con el tema de las chicas de otros países (vale que exista la explotación en el mundo, pero verla –y oirla- todos los días quema a cualquiera), y a ello se unieron otros episodios, tanto míos como de mis compañer@s de piso, sucedidos en el ascensor con clientes que subían al puticlub (los que iban pasados), que nos atemorizaban con ofertas o palabras soeces, por no hablar de las veces que te encontrabas gente metiéndose coca en el portal (se había convertido en costumbre, ya venían de la discoteca de al lado y se formaba allí un ambientillo paralelo y todo); que esto último no es que me importase, pero bonito no está. Realmente, si el piso hubiese sido de prostitución digamos “limpia” (como sucedía por ejemplo en el otro que conocía, que en cuatro años apenas vi nada fuera de lo normal y las prostitutas eran unas vecinas amables más), yo no hubiera dicho nada, pero ahí se cocía lo peor. Y me parecía peligroso para todos los que vivíamos allí porque le abrían el portal a cualquiera y a cualquier hora. Yo algunas veces no me recogía precisamente temprano, y me arriesgaba a encontrarme, cualquier noche, al volver a casa, con alguna situación desagradable. Pero claro, yo no era propietaria, no podía hacer ni decir nada, y encima mi casero era el presidente de la comunidad y no quería que nuestra relación se deteriorase aún más. Así que decidí hablar con aquel buen hombre, el que fuera mi profesor –de Derecho, catedrático- para ver si él podía comentar algo en las reuniones de vecinos. Le conté todo lo que pasaba (me extrañaba que él no se hubiese dado cuenta con el tiempo que llevaba allí, ni nadie dijese nada), que era peligroso para todos y que en el edificio también vivían niños (mi casero, por ejemplo, tenía una hija de cuatro años). Me respondió, muy borde, que él no tenía nada que ver con eso, que buscase ayuda en otra parte. A la mierda la idealización. Personas a las que admiro IInicio una serie sobre personas a las que admiro. Bueno, me he puesto a pensar y puede que la serie no dé para muchos capítulos, pero en fin, ya se me irán ocurriendo. Por lo pronto, aquí va éste: Hoy me he tropezado en internet con esto: Sabrás por la presente que empeoré de vida.
Primer curso, primer día de clase: Rumor, casi escándalo; yo sonreí, aquello prometía. - debajo hay otro post -
Mondeo (por Noeli -ML-)Mondeo era un hombre a un apéndice pegado. No era guapo, ni avispado, ni sensual. A pesar de que fue modelo de dudosa reputación, al menos por un día, eso sí, pagando el mismo las fotos. Tenía el mismo erotismo que un plato sopero, sin embargo contaba con el don más preciado y maravilloso que se pudiese imaginar, máxime en estos tiempos que corren. Pues sí, Mondeo era la candidez personificada, ni Heidi en sus mejores momentos pudo llegar a superar a nuestro Mondeo. Cuántas noches tuvo que batirse el cobre con J.S. (más conocido como Satanás), en sus peculiares tertulias teológicas. Cuántas veces defendió sus peregrinas ideas a diestro y siniestro hasta perder la voz, pero no el entusiasmo; cuántas muestras de inocencia dio cuando una vez tras otra le encerraron en la terraza de nuestros pisos de estudiantes, cuando había fiesta, hasta que algún alma caritativa veía su apéndice y le dejaba entrar. Cuántas veces nos habló de su casi pérdida de virginidad y de sus amores platónicos con aquella chica que nunca conocimos. Que triste nos contó su beso frustrado cuando un pequeño trozo de chorizo se interpuso entre sus labios y los dientes de la chica, sin que nuestro Quijote pudiese consumar acción alguna. Cuánto tardará todavía en descubrir su orientación sexual, cualquiera que sea, y asumirla. En una ocasión nuestro pusilánime Mondeo fue atracado por un “caco” con un alambre, situación que no sólo ocurrió una vez, sino que se repitió tantas veces como el atracador de pacotilla quiso, porque nuestro Mondeo andaba por las calles de aquella ciudad estudiantil con algunas pesetillas en el bolsillo que nunca gastaba porque eran para el bus y para el atracador (el que pasara antes). Que penita daba cuando se iba de las reuniones detrás de J.S., a solo unos pasos, porque le daba miedo caminar al oscurecer, y J.S. no le dejaba ir a su lado ya que entendía que perjudicaba su imagen. Que agradable nos hizo aquel examen, cuando rompió el banco al sentarse y tuvimos que salir todos de la risa, antes que pudiéramos responder sobre el derecho foral en las vascongadas. Y todo esto con su dedo índice largo e inquisitorial, apuntando a todo y a todos, porque eso si, nadie estaba libre de pecado para el dedo de Mondeo. Se escucha la calleSe escucha a los borrachos en la plaza, no llega a nivel de bronca, parece discurso, sermón, pero en cualquier momento se desborda. No puedo dormir, no es por eso, pero influye. Mi compañero de piso tampoco puede dormir, tose. Ya lo conozco, a estas horas se le acaban cruzando los cables y le doy diez minutos para que esté llamando a la policía. No sé si esperar a que ocurra algo más grave o ponerme música con los cascos. Mi ansia de cotilleo, quizá mi instinto de supervivencia, me impiden aislarme. Hace calor esta noche. Comentaba la situación de alcoholismo que se presencia en la plaza con una mujer que me presentaron hoy mismo. Ella decía que ya hace veinte años la mitad de la población española era alcohólica, yo que sí. (Inventamos y aceptamos las encuestas como nos da la gana, pero seguimos en nuestro discurso, adhesión al grupo se llama). Que muchos señores mayores desayunan carajillos, que en los pueblos se bebe todavía más. Pero ¿qué hacer con los borrachos?, que la represión, la “limpieza”, no es la solución, porque si los echan a la plaza de al lado estamos en las mismas, tanto nosotros, bueno, los de la plaza de al lado, como ellos. Que copan la plaza, que debería ser también de los niños, de los ancianos, y de nosotras mismas (aunque muchas veces, pienso, la presencia de los borrachos en la plaza no es óbice para todos acabemos allí, soportándolos, que no tolerándolos, porque eso tolerancia no tiene). Que hay que atajar el problema de raíz, pero sabemos que muchos de ellos no tienen solución. Nos maravillamos de su aguante, que nosotras nos vamos un día de marcha y al siguiente estamos para el arrastre, y ellos ahí siempre, al pie del cañón. Hablando de este tema, caminando por la calle, llegamos a la plaza. A la altura del metro un borracho sostiene con una mano a una mujer por la cara, mientras le grita algo incomprensible, porque está muy borracho. Hoy, estando en casa, se oyó follón, correr de pasillos y gritos de mujer. Yo siempre optimista y feliz, pensé que era gente que se divertía, mi compañero de piso pensaba que era una a la que estaban “caneando”, yo que no, él que sí. Me negaba a aceptar que pudiese estar pasando, tan cerca, sin saber bien de dónde venía. No. Parece que ya se han callado. Pero sigue haciendo calor. Lisa Fischer Me encanta esta canción y me encanta esta mujer. ("Gimme Shelter", Rolling Stones in concert, Bridges to Babylon 1998)
La verdad es que me he tenido que retrotraer hasta 1998 para encontrar una versión aceptable, en los últimos conciertos están bastante cascados y es la Fischer la que, con unos kilitos de más y más chillona que nunca, los tiene que levantar.
◊ don't do drugs ◊
Marianne FaithfullY tiro porque me toca: he acabado en Marianne Faithfull. ![]()
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Intenta suicidarse tirándose por una ventana tras otra relación amorosa fracasada.
Marianne Faithfull acaba de superar un cáncer de mama y ya ha vuelto a los escenarios, aunque se plantea seriamente su jubilación.
un breve Me voy de viaje, por lo que frecuentaré menos estos lugares virtuales, pero creo que dispondré de internet, así que no os libraréis del todo de mí. Iré informando según tenga tiempo.Hasta muy pronto. Iwi. SF, primeras impresionesTengo internet, y va como el rayo, lo que apenas tengo es tiempo, pero os cuento: Lo primero que hicimos, nada más llegar, fue subir al tranvía. Acabamos en Fisherman´s Wharf, la zona del puerto viejo, ahora muy comercial, una toma de contacto quizá en exceso turística pero adecuada, para hacer boca. Con el City Pass (que cuesta 54$ y merece totalmente la pena) tienes transporte público durante una semana, además de algunas atracciones de la ciudad, como museos y una visita al Acuarium, el cual, ya que estábamos allí, aprovechamos para ver. No es gran cosa, pero está bien porque no se hace pesado, y no tiene espectáculos horrorosos; por ejemplo, los leones marinos están en libertad. Eso sí, toqué un tiburón (hay que hacerlo en el lomo, entre las dos aletas) y una raya. En el Pier 39 hay unas tiendecitas de lo más. Me encantó una de adornos de Halloween, como nuestros belenes navideños pero de tumbitas, calabazas y demás parafernalia. También me llamaron la atención una de cajas de música y otra de motivos marinos. La comida típica de aquí es el clam chowder, una sopa sobre un pan francés redondo (sourdough) abierto por arriba. Está delicioso, pienso repetir. ![]() Otro producto típico es el chocolate Ghirardelli. En el Starbucks del puerto (estarán globalizados, pero los zorros saben cuándo no hacerlo) sirven como especialidad crepes, una de cuyas variedades consiste en una tableta entera de chocolate Ghirardelli fundida encima. No comments. Cenamos un centollo con vino blanco en un restaurante que hay en la planta de arriba del muelle, con enormes ventanales que dan al Golden Gate. Eso es vida. El vino de California es barato (de precio) y de excelente calidad, yo creo que si tenía tan mala impresión de él es porque probablemente el que nos llega a Europa no sea muy bueno, o yo no hubiera probado una muestra lo suficientemente amplia, pero a partir de ahora todos mis respetos. Bueno, llevo poco tiempo aquí y mi experiencia es sobre todo culinaria. Me dijeron que los mejores de la ciudad eran los restaurantes asiáticos, sobre todo los tailandeses y vietnamitas, y me dio agonía por el picante, todo para mí, por lo que tengo el estómago echado abajo, y eso que suele ser a prueba de bombas. A ver cómo continúa la cosa. Y muchos donuts, tartas, helados, caramelos raros… La bahía y el Golden Gate son una pasada, como imagináis y hemos visto en mil películas. Creo que fue en el documental “El celuloide oculto” donde se hace una referencia a alguien que dijo que las películas sí eran verdad, porque cuando la gente volvía después de su primera visita a EEUU siempre decía “es como en las películas”. Pues eso, sí, casi. Las calles son muy humanas y, a pesar de las cuestas, invitan a pasear (menos mal que estoy andando –y mucho-, si no no sé qué sería de mi bella y esbelta figura, y aún así, no sé cómo acabará la cosa). Los edificios son bastante bonitos, y el ambiente en ocasiones me recuerda al de Notting Hill, por poner un referente europeo. Es una ciudad muy cosmopolita, pero sobre todo europea, al estilo de Inglaterra, Bélgica o Ámsterdam, aunque original por las calles en cuesta. Por los tranvías en cuesta le encuentro similitud con Lisboa, también por el mar al fondo, y a ratos recuerda a Barcelona, pero es más anglosajona. El toque americano se lo dan los cochazos que de vez en cuando te cruzas, además de detalles como la manera de vestir de la gente, más informal que en Europa en general (lo que me parece estupendo). La gente me resulta amable, más que la media de ciudades que he visitado (o al menos ésa es mi primera impresión), y uno rápidamente se hace al terreno. Hay turistas como en todas partes, pero no son tan agobiantes como en España (claro, eso es difícil). Además el tipo de turista me parece que es fundamentalmente interno y, entre eso y que es una ciudad muy cosmopolita, apenas se distinguen de los habituales. La globalización hace estragos, cada vez más, y la mitad de las cosas que venden en las tiendas de aquí también las encuentras en los chinos de Lavapiés o en las tiendas de ropa de la Gran Vía (nada más salir a la calle me encontré con una chica que llevaba mi misma chaquetilla negra que compré en el H&M de Madrid, se me quedó mirando con cara de mala hostia, mientras que a mí me hizo mucha gracia la coincidencia, aunque cuando pensé que a ella le había costado más barata y que si yo me hubiera esperado unos días también me hubiera salido así, me cambió la sonrisa), pero todavía, rebuscando un poco, se encuentran diferencias interesantes. ¿Lo mejor? El dólar en su vida ha estado más débil frente al euro que en estos momentos, lo que hace que casi todo, al cambio, esté bastante barato. Un café te sale más barato que en Madrid y comer ni te cuento. Aquí se come bien por diez euros por persona (y cuando digo bien me refiero a muy bien, que estoy tirando por lo alto). La ropa también está muy barata, y los zapatos, y todo lo tecnológico. Esto va a acabar siendo mi perdición, lo sé. En definitiva, esta ciudad es una pasada, voy a estar un tiempo respetable y me da la sensación de que me va a faltar, pero pienso aprovecharlo lo más que pueda, visitar cada rincón y disfrutar de cada momento. Hasta ahora está saliendo todo redondo, espero que siga así. En el avión me hice muy amiga de una chica española muy simpática que trabaja en Berkeley, con la que hemos vuelto a quedar, y mi compañero de piso vivió en esta ciudad no hace mucho y me ha dado una lista de lugares y consejos interminable, pero si alguien tiene alguna recomendación, en especial gastronómica, será bienvenida. Hablando de otra cosa, y de lo mismo, aquí la primera noticia en todos los medios es lo que está pasando en Jena y las manifestaciones en contra del racismo, no sé qué se habrá oído en España de esto. También hay debate con la sanidad pública, lamentable, me da pereza reproducir las barbaridades que sueltan algunos. Y Schwarzenegger es un zorro, cuando le conviene le da la razón a Bush y cuando no barre para sus votos, da miedo ese tío, tiene bastante poder. Viendo la tele me he quedado flipada con los anuncios relacionados con la sanidad y la estética. Ejemplo: se ve un león que ruge, es tu hambre, luego se ve un gatito, y tu hambre se puede ver reducida a un gatito con un gracioso implante de ¡reducción de estómago!. Flipping, flipping. Pero el que más gracia nos ha hecho ha sido el de los abueletes en silla de ruedas haciendo coreografías y de excursión por el monte con el nuevo modelo de sillas motorizadas. No me he hecho ninguna foto y, aunque no soy de fotos, estoy sufriendo, porque hay cada rincón... No me traje cámara y estoy en la duda de si comprarme una, porque al fin y al cabo la mía es muy antigua, sólo permite veinte fotos y la batería no le dura nada (y encima no encuentro el cable del ordenador, que por eso no me la he traído). Mañana veré. Todo puede ser que para poder llegar a México me tenga que agenciar una esquina. Y quedan días, quedan días… Mmmmm, lo que no se ve en las películas: San Francisco huele muy bien, a mar, a caramelo y a flores. :) SF, cont.Editado: ¡¡más fotos!!
Aquí seguimos. Nos está haciendo un tiempo fantástico, sólo chispeó un poco el sábado por la mañana, pero el resto soleado y muy agradable, de llevar manga corta, como mucho una chaquetilla por la noche. - - - Continúa nuestro particular festival gastronómico. - - - Cuando comimos en el mexicano en realidad íbamos al museo, pero acabamos en Castro/Mission (el barrio gay), adelantando nuestra visita. La cabra tira al monte. - - - Hemos tenido suerte en una cosa: ha coincidido que estábamos aquí con el Moon Festival , el Festival de la Luna de Otoño, que se celebra anualmente en Chinatown. Me he comprado una cámara, cual turista desenfrenada; no me he podido aguantar. No he sacado ninguna maravilla de foto, todavía me estoy haciendo a la cámara (por supuesto no me he leído las instrucciones), pero he subido algunas muestras a mi página de Flickr . ![]() (sé que está movida...)
Tengo que decir que Chinatown está caro en comparación con las tiendas import-export de chinos que abundan en Lavapiés. Aunque tienen un surtido mucho mayor, tampoco son la gran maravilla. Ha sido una pequeña decepción. Encima, me he pateado todas las tiendas buscando una bata china que me gustara y no ha habido manera de encontrar ninguna. Pero me lo he pasado divinamente paseando por las calles llenas de puestecillos, comiendo dim sum, que son tapas pero en chino, y bebiendo cerveza china (ya se me ha olvidado el nombre). También hemos comprado “mooncakes”, que son pastelillos que sólo se comen estos días del año. ![]() Hay de varios sabores y están buenos, los venden en los puestos de la calle (ofrecen muestras para probar a todo el que se acerque) y en las pastelerías, que los fabrican especialmente para estas fechas. Me ha gustado que el festival no era un espectáculo para turistas, sino una celebración propia que disfrutaban y a la que se notaba daban importancia, y de hecho la gran mayoría de los asistentes eran chinos y la lengua que se hablaba por aplastante mayoría era el chino. Es curioso como, siendo muchos de segunda y tercera generación de inmigrantes, conservan la lengua y muchas de las costumbres.
--- Lo peor de San Francisco es la cantidad de gente sin hogar que hay, una exageración, en serio, y repartidos por toda la ciudad, al menos hasta donde he podido ver, que ya viene siendo bastante. La Plaza de Naciones Unidas es un cuadro, da pena. Alguien me comentó que era porque los servicios sociales de San Francisco proporcionan comida y techo a todos ellos, y que por eso vienen desde otras ciudades. Yo no sé por qué será, pero es deprimente, en cada esquina, en cada semáforo, encontrarte con uno de ellos. Encima, la mayoría se nota que tienen minusvalías físicas o enfermedades degenerativas, que es gente que debería tener una pensión, y no estar tirados en la calle. Suelen ser negros, aunque hay de todo. - - - Otra cosa que me ha sorprendido de San Francisco, no sé si se podrá generalizar al resto del país, supongo que sí, es el sonido de las sirenas de ambulancias, bomberos y policía. Es muy diferente a las europeas, no sé a qué frecuencia estarán, pero parecen un ser vivo, como si estuvieran matando a alguien o despellejando a un gato. Si las hicieron para llamar la atención desde luego lo consiguieron. Qué desagradable. - - - - - - Tengo que reconocer una cosa muy horrible: anoche vi en la tele la primera entrega de Kid Nation, un polémico programa del estilo de Gran Hermano, pero realizado con niños. Para rodarlo se tuvieron que ir al único estado donde había una laguna legal que permitía cierto trabajo de los menores, simulando un campamento de verano. SF, aquí seguimosSigo con mis pequeñas crónicas, a la espera de nuevos tiempos, y tan feliz:
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Hoy está haciendo un poco más de frío. Y ha sido el único día que salí sin chaqueta (cansada de cargarla todos los días), por lo que he tenido que comprarme una. Tengo que decir que las tiendas de segunda mano (casi todas en Haight, el barrio donde comenzaron los hippies y ahora venido a menos) son muy caras, tienen los precios como si fuera ropa nueva, y no es muy bonita, no como en U.K., que por 3, 5 o 10 libras te apañas algo medio decente. Al final, para gastarme veinte euros en una horterada de hace cinco temporadas me he comprado la típica sudadera que pone San Francisco, que es tan calentita y agradable que presiento me va a acompañar gran parte del invierno.
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The Legion of Honor es un museo más serio en el que destaca mucha obra de Rodin y unos Monets importantes. Y éste no se recorre en media hora. --- --- |
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