Un pastorcillo chupándosela a San Pedro
(Editado: ¡no os perdáis la versión de Minaya !- que se me ha rebelado-)
Nada. Vulgar sí, sólo quería llamar vuestra atención, como cuando Omanero puso “Puta Cataluña ”. Me apetecía hacerlo.
Fue la frase de la noche del sábado.
Sí, bebimos, y mucho. Estoy harta, no pienso volver a hacerlo hasta Nochevieja.
Qué agujetas, de bailar, supongo. Me duele todo el cuerpo. Resaca no es una palabra que describa suficientemente bien mi estado físico y mental actual.
Ha sido un fin de semana bastante extremo, sin proponérnoslo. Habrá sido la vuelta a los bares antiguos, más vivos que nunca. Habrá sido que Dios los cría y ellos se juntan, la luna, las estrellas, o que lo llevamos dentro.
Viernes noche.
Llegamos tarde, por supuesto, a las once, y nos fuimos directamente de tapeo, a uno de mis bares favoritos, básico, cutre y tremendamente efectivo en su función, que es la de alimentar a personas hambrientas. Por siete euros nos bebimos seis cañas y cenamos hasta hartarnos. El hijo de los dueños había crecido hasta ser un hombre y no podía dejar de mirarlo, asombrada del paso del tiempo y comprobar que, menos él, todo lo demás permanecía igual: el olor a plancha, el suelo lleno de colillas y servilletas arrugadas y pringosas, la luz amarillenta, la puerta de rejas y cristal, la decoración básica de cal, madera y cortinas de tela alpujarreña, taburetes y mesitas tan bajas que una vez sentada te llegan por debajo de las rodillas, el poyete con cojines aplastados, hasta las tapas, su cantidad y sabor. Podía recordar las que prefería y reconocí en mí a la de muchos años atrás. En ese momento quise mucho a Abejita .
Sábado.
Fuimos a almorzar, quedamos con M. y un amigo suyo. Tetería. Copa en El Espejo. ¿De qué se habla en un grupo de personas cuando tres de ellas son blogueras? De blogs.
Otra copa. De amor, de amistad, del paso del tiempo. Otra copa. De lo divino y lo humano. Sí, hubo más copas.
Apuramos hasta llegar en el último minuto, ahogados, al teatro, a tiempo.
Nos reímos mucho, tuvo momentos brillantes, a pesar de la comentarista que teníamos detrás. Salimos con una sonrisa para irnos a tapear a la siempre socorrida calle Navas.
Quedamos con el amigo y otra chica, japonesa, profesora de japonés que sólo llevaba en España seis meses y no hablaba inglés. Se la veía enrollada, y buena bebedora. Supongo que flipó con nosotros porque teníamos un día surrealista y loco, lleno de frases memorables, muchas de ellas provocadoras por diversión.
Vuelta a El Espejo, porque al señorito no le parecía bien El Círculo. Dos tapas más.
Alguien tuvo la idea de ir al “R incón de San Pedro ”. Un sitio habitual de Abejita y mío, incluso desde antes de conocernos.
El Rincón es un local cuadrado, pequeño, azul oscuro, con una iluminación muy cuidada en la que predominan los rojos. Pinchan música electrónica. Cuando está lleno suele bailar la mitad de la gente, que siempre es la más modernilla del lugar. Teóricamente es de ambiente, pero hay de todo. Se caracteriza por tener un San Pedro ligeramente más grande que el tamaño natural, en un rincón al lado de donde están los djs.
Llegamos, decoración navideña ligera. No había mucha gente pero estaba acogedor, sobre todo porque el paseo de los Tristes es un lugar muy frío en invierno, algunos grados menos que en el resto de la ciudad, a lo que hay que añadir la sensación de humedad por ser paralelo al río. Esto lo compensa lo espectacularmente bonito que es, plagado de puentecillos medievales a los pies de La Alhambra y luces románticas.
En este local hay dos balcones sobre el río Darro con vistas a La Alhambra. De vez en cuando me asomaba. Estaba iluminada, las estrellas detrás, preciosa.
No fumamos un porro, del que yo fumé más, pero estaba poco cargado.
Ahí empezamos a derivar, reírnos e interrelacionarlos con la gente, que cada vez llenaba más el sitio -éste es de los que se petan más tarde-.
Alguien preguntó: "¿eso qué es?, ¿un pastorcillo chupándosela a San Pedro?"
Hasta ese momento no había reparado en que al San Pedro le habían quitado la llave de la mano, por lo que ésta aparecía desnuda cerca del bajo vientre. Como parte de la decoración navideña había una tela. Realmente parecía que la tela estaba dispuesta de forma que simulaba una figura humana (no se sabe si hombre o mujer ni de qué edad), de espalda y con capa por la cabeza, a la altura de las caderas del San Pedro. Nos reímos mucho.
Esto es sólo una pequeña muestra de los comentarios espontáneos que intercalábamos con las conversaciones más profundas.
Las drogas son muy malas, niños, no hagáis esto en casa.
Metimos a la japonesa en nuestras intrigas amorosas y la pobre acabó agobiándose un poco.
Después de eso, nos fuimos al “S ix Colors”, típico bar de ambiente con música aceptable, uno de los más concurridos.
Cuando lo cerraron, con ganas de más y acompañados de los amigos que habíamos hecho esa noche, nos fuimos a la “Zoo”, una discoteca de música electrónica donde suele terminar lo que queda de gente del ambiente. Allí se puede ver la noche granaína más excesiva. “Llegar a la Zoo” es sinónimo de haber agotado la noche.
Llegamos a las seis a casa de los padres de Abejita (ellos no estaban, obviamente, -se habían ido de viaje-) y ésta se puso a cocinar pasta. Nos dormimos de día.
Y hoy, cansadísima.
Ná, pero me lo he pasao muy bien.









