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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007. Resumen
Asco de flamenquito fusiónEstoy de flamenquito fusión más que harta. No estoy diciendo que la fusión sea mala (todo lo contrario), mucho menos soy purista del flamenco, ni siquiera me interesa tanto, pero hay muchas opciones y maneras de hacer las cosas (honrosa excepción es Chambao, pero es otro rollo distinto al que me refiero). No entiendo por qué no se siguió este camino que Enrique Morente (visionario) abrió hace ya una década y tenemos que seguir tragándonos baladitas pencas de chavales chandaleros. El disco "Omega", con versiones sobre poemas de Lorca y Cohen, debiera haber supuesto un antes y un después, pero se quedó en hecho aislado, aunque hito al fin y al cabo.
Aquí os dejo este producto granaíno :) : voz: Enrique Morente música: Lagartija Nick letra: Federico García Lorca
CIUDAD SIN SUEÑO
Ya sé que estoy pesadita con los youtubes, el último, de verdad, pero como el puto Odeo me da error cada dos por tres, dejo la canción ésta desde el youtube y no desde Odeo:
Hace poco Enrique Morente ha "fusionado" también con el músico sufí Omar Faruk Tekbilek (fantástico, uno de mis favoritos). Del disco se pueden escuchar unas muestras aquí. (Ole Aman). Conexión malditaAprovechando que ha venido un amigo a visitarme este fin de semana, he decidido bajarme al sur en coche con él. Como yo suelo hacer las cosas, siguiendo mi línea, he planificado de pm el viaje, pero ejecutado fatalmente mal. Empecé ya descuadrando el sábado por la noche, cuando me dormí bastante más tarde de lo previsto. Con gran falta de sueño, el día transcurrió como si nada pasara: tranquilamente quedamos con gente, comemos, con mis cañitas, vamos a otro sitio, un café relajado, a la velocidad del rayo hago la maleta, relajadamente departimos con mis compañeros de piso y salimos a las siete y pico de la tarde. Mi madre no espera ni a que llegue para echarme la bronca. Lo hace por teléfono, por salir tan tarde y conducir de noche. Decido aplicar la técnica “me resbala”. El objetivo principal del viaje es dejar mi coche en el garaje de mi madre (sí, me he rendido, es insufrible el estrés al que me somete en Madrid, además del gasto económico), unos papeleos y recuperar unos documentos de entre el montón de papeles arrebujados que guardé después de la mudanza. El viaje se me hace ligero para lo que cabía esperar. Mi amigo se ofrece a conducir, pero me niego. Echaré de menos mi coche. Llego a casa de mi madre, relativamente temprano para lo pensado, a la una y media, esperando comité de bienvenida, confeti y banda de música, por lo menos. Decido no dar en el timbre, usar mis llaves y darles una sorpresa. “¡¡¡Hoooola!!!” Silencio. La única iluminación viene de una lamparita del pasillo. Veo un ordenador encendido, debe haber una persona cerca. “Hooola”. El ordenador se había quedado pillado en “error en Explorer…” antes de apagarse y le doy a “finalizar programa”. Me dirijo a la cocina. “¿Hola?” Nadie. “¿Mamááá?”. Voy al dormitorio, se levanta mi madre, me da un beso, me dice que si tengo hambre hay ensalada en la nevera y se vuelve a la cama. Vaya. Me como la ensalada, porque desde la comida del mediodía no me he echado nada al cuerpo. Quiero hablar con alguien. Debería estar cansadísima y tener un sueño demoledor, pero no. Quiero hablar con alguien, algo de animación. No están ni los gatos. ¿Qué pasa aquí, por qué no tengo sueño? De pronto, caigo en la cuenta: además del café de la sobremesa me he tomado dos redbulls por el camino. Yo no sabía lo que era un redbull hasta hace tres meses. Detestaba su sabor, pero, ajá, existe el “light”, que no está tan malo (el sabor a medicina está levemente atenuado) y con un poquito de esfuerzo se puede tomar. Bonita cosa he descubierto, con lo mal que sé que me sientan los excitantes. Decido retirarme a mi habitación, en la planta de arriba. Subo la maleta y según la deshago, me doy cuenta de la gran cagada: me he dejado en Madrid las llaves del baúl de los papeles. Bieeen. No hay dolor. Mañana pensaremos la solución. A falta de personas reales, me decido por las virtuales y me dispongo a encender el ordenador. A ver… “Preferencias del sistema”, “Red”, “casa madre” (ya lo había configurado en una ocasión anterior, hace unos tres meses, cuando se instaló el wifi en esta casa, y el ordenador lo recuerda). Perfecto. Esperamos un segundo, unos segundos…, un minuto… Empiezo a mirar a mi alrededor, desconcertada, como si la respuesta me fuera a venir del exterior. Bueno, igual no lo he hecho bien. Empiezo a toquichear opciones. Nada. Reinicio el ordenador, no sé por qué, pero lo hago. De pronto aparecen unas letritas “Jazztel Wireless”. JA. Ya está. Leo el post de Omanero y pienso: “qué gracia, justo estaba yo con la conexión, pero ya está arreglado, mira tú, es verdad que los macs son fáciles”. En ese momento, salta el Messenger del Dock, señal de que se ha caído. Miro el AirPort y ¡su p... madre!, otra vez en blanco. (El AirPort en los mac, para el que no lo sepa, es como un medidor de cobertura del wifi, con cuatro rayitas que se ven rellenas o no dependiendo de la calidad de la señal). Aquí me desquicio. ¡Ahora no he tocado nada, no puede desaparecer así como así! Es imposible que sea por culpa de nada que se haya hecho a través del otro ordenador porque son las mil de la noche y está apagado, que lo he apagado yo con mis manitas. ¿Qué pasa aquí? Espero, quizá sea algo momentáneo, espero, espero, me leo las páginas que tenía abiertas, para hacer tiempo, espero, y no. Houston, tenemos un problema. Es ese momento intento tranquilizarme a mí misma porque me doy cuenta de que es una combinación fatal la desesperación por arreglar una conexión con la ingesta masiva de redbull. A ver, tranquilidad. Volveré a repetir los pasos que di anteriormente, me digo. Acabo apagando y encendiendo el ordenador tres veces. Rendida ante la evidencia, decido bajar y comprobar que los cables del router están bien ajustados. Los aprieto, uno por uno, y subo. Nada. No puede ser que no funcione, porque hace un momento ha funcionado, y era la de esta casa, no la de nadie más. Me desespero y empiezo a considerar que quizá sea un problema demasiado complejo y que debería resolverlo al día siguiente. Pienso que me conformaré sólo con leer un correo que me había quedado por abrir, aunque tenga que conectar el ordenador por cable. Decido bajar, con calcetines y el mac en las manos, por las escaleras, trampa mortal donde las haya, porque los escalones tienen una banda de madera que si las pisas ríete tú del patinaje sobre hielo. Jugándome la vida, y sobre todo la de mi mac, llego abajo sana y salva. Después de una fiesta de apaga luces-enciende luces, ésta no es-la otra tampoco, localizo el teatro de operaciones. Busco un cable, busco un cable, busco a jacks. No hay cable. ¡¿Cómo no puede haber cable?! Cuando me empiezo a hundir sin remedio, miro el AirPort, y ¡está bien!. Ya hay Internet. Sin caber en mi de gozo, vuelvo a iniciar la ascensión, mucho menos peligrosa que el descenso pero no por ello exenta de riesgo. Me voy, toda feliz a mi cama, y… “Servidor no encontrado”. Me cambia el gesto de la cara, aunque ya intuyo cuál es el problema y no lo quiero creer. Me acerco a la puerta: no. Me acerco a la escaleras: ¡sí!. Voy reculando hasta la puerta. Aguanta, aguanta, va bien. No. ¿Cómo? Sí, vuelve, vuelve, falsa alarma. Acabo dando vueltas por toda la habitación, como el que va midiendo radiactividad. Tras numerosos movimientos prueba-error, llego a la conclusión de que en la zona del cabecero de la cama no hay cobertura, pero sí en la zona de los pies, aunque débil, sólo de dos líneas. Identificado el problema, decido ponerle solución: coloco la almohada en la zona de los pies, a modo de mesa para el ordenador. Cuando me dispongo a entrar en faena, la red se cae, otra vez. Al borde de la desesperación, lo elevo con los brazos, como clamando al cielo, y oh sorpresa, vuelve, con sus cuatro rayitas completas. Lo miro con escepticismo, lo bajo, vuelve a dos rayas, tres, lo subo, dos, lo bajo, una, tres, lo desplazo hacia una esquina, parece que se estabiliza en dos. Mentira, que cuando más convencida estaba, se vuelve a caer. Se ha vuelto loco, definitivamente se ha vuelto loco, y me va a volver loca a mí también. Me niego a aceptar la evidencia de que probablemente, mi habitación, mi cama, sea el único lugar de la casa donde no llega el Wifi. No puede ser. Me niego. Me voy a la cocina, no sé si por obtener calidad de la conexión o porque tengo más hambre. De golpe me levanto y me lanzo sobre la nevera. Era hambre. Maldición, es verdad que la dieta ha llegado a esta casa. Gazpacho, vitalíneas, frutas y verduras. No me gusta la fruta tan fría si no es pleno verano. Hay cerveza, será por si llegan invitados. La miro con ojos de deseo, pero no, no puede ser. Desisto: ¡a la despensa!. ¡¿Nada?! Un paquete de galletas dietéticas… vacío. Tras mi incursión en la cocina una idea acude a mi mente: alargar el router lo más posible. Durante la operación tiro una papelera y una lámpara de mesa, para al final conseguir alargarlo… un metro. Vuelvo esperanzada de que ese metro sea el mismo que separa los pies de la cama del cabecero. Voy, dispuesta y convencida, me siento en la cama, orgullosa de mi ingenio a altas horas de la noche, y… no, la conexión se vuelve a perder. En los pies de la cama seguimos igual. Me recupero del disgusto como puedo. Pienso, pienso, nada. Mientras pienso, me voy de paseo por el pasillo con el mac bajo el brazo. Es evidente que en la escalera va, en el pasillo también. Abro puerta, cierro puerta. Le afecta. Conclusión final: Se mantiene (dos o tres rayas de media) si dejo la puerta abierta y me siento en los pies de la cama, aunque con alguna caída esporádica. (Tanto rato para esto). Conclusión 2: con la puerta entreabierta tan solo 5 cm. también vale. Nota positiva: cuando va, va rápido. Conclusión 3: se soluciona comprando un cable telefónico más largo, evidentemente. Conclusión 4 y más importante de todas: no vuelvo a tomar redbull. (Y eso que no es he contado la primera vez que me tomé un redbull entero: en esa ocasión me dio por quemar un palé de obra en una chimenea, poco a poco -porque no entraba completo y no se podía partir-, cuidando de que el fuego no pasara al resto de la casa; tres horas tardé). El redbull ha despertado el monstruo obsesivo que había en mí. Total, al final para nada, porque cuando por fin he conseguido identificar y solucionar el problema, ya no tenía ganar de navegar, ni de bloguear ni ná de ná. Ahora, sigo sin poder dormir. Medusas y transportes![]() Para combatir la plaga de medusas en el Mediterráneo, el Ministerio de Medio Ambiente activará un plan para gestionar la información sobre la presencia de cnidarios y coordinar las acciones dirigidas a evitar su presencia en las playas. La idea de seguir las medusas con barquitos de recreo me recuerda tremendamente a la expresión “ponerle puertas al campo”. Mucho plan, mucho plan, pero no nos estamos preocupando tanto por atajar el problema en su origen, aparte del de la sobrepesca y el exceso de fertilizantes, el del calentamiento de las aguas provocado sobre todo por las emisiones de CO2. Apunte sobre ecología: *El tren es el modo de transporte con menor impacto negativo sobre el entorno, generando 5 veces menos costes externos que el transporte por carretera de mercancías, 3 veces menos que el transporte de viajeros por carretera y 2 veces menos que la aviación civil.Sacad las conclusiones vosotros mismos. Otra: Si yo ahora tuviera que comprarme un coche, compraría un Toyota Prius, ya que dentro de los híbridos es el que me parece mejor (además de reducir el consumo y la contaminación atmosférica al tener las emisiones más limpias del mercado, probablemente es el que tiene más prestaciones). ¿Problema? Una conocida mía ha decidido comprárselo: aparte de costar más de 1/3 parte más de lo que debería por sus características, ¡tardan más de un año en traértelo! La lista de espera en el concesionario hace palidecer a las de los hospitales madrileños. Conclusiones, vosotros mismos. Por cierto, excepción hay que hacer a La Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía, a través de la Agencia Andaluza de la Energía, ofrece un incentivo de hasta 3.000 euros a todos los residentes de Andalucía que adquieran el Toyota Prius. Que yo sepa es la única CCAA que ofrece esta ayuda. No obstante, está lejana de la que se ofrece en Holanda, donde llega a alcanzar los 6.000 euros. Mientras, en los medios de comunicación, lo normal es ver informaciones como éstas:
Familias normaleso Las mejores familias en las que todo pasa, que curiosamente siempre acaba siendo la nuestra.
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El mito de la familia feliz, ideal, que algunos nos creemos que son todas las demás menos la nuestra, es eso, un mito. Familias que, con muchos matices, puedan entrar en esa definición, son en esta sociedad las menos, y eso siendo generosos. ¿A cuántas conocéis? Tanto de las tradicionales como de las que no lo son tanto.
Podría escribir sobre este tema largo y tendido, hay muchos puntos que tocar:
Largo y tendido. Aunque en todos lados deben de cocer habas:
El Enano RojoEl Enano Rojo es un mítico bar de la calle Elvira de Granada. Pero El Enano Rojo o Red Dwarf también es una serie de humor británica y, como alguno la ha llamado, la “freakqueen de las series de sci-fi”. Hará unos dieciocho años que la emitieron, en Canal Sur, y tengo entendido que en otras cadenas también. Me encantaba. Algo tenía que tener la serie porque la recuerdo cada cierto tiempo. Comenzó en 1988, en el canal BBC2, y duró hasta 1999. Fue escrita por los irreverentes Doug Naylor y Rob Grant (autores de Spiting image, en que arremetían contra la clase política). Son cincuenta y dos episodios, repartidos en ocho temporadas, de treinta minutos cada uno, que se hacen cortísimos. Esta "sitcom", cutre premeditadamente, se podría definir como un híbrido entre Star Trek y Compañeros de piso. Está realizada con un bajísimo presupuesto y tan sólo cinco actores. Sustituía la típica casa de suburbio londinense por una nave espacial, y es una ácida crítica a la sociedad del tiempo en que se emitió, que ya empieza a estar lejano. En ella se parodian, de paso, todos los tópicos de la ciencia-ficción, desde dimensiones paralelas a paradojas temporales, pasando por alienígenas, mutantes y androides asesinos, hasta planetas con forma de culo y camioneros búlgaros. Todo ello con comentarios irónicos, absurdos, surrealistas, chistes incluso malos y paranoia generalizada. El paso del tiempo ha hecho mella, pero sigue dejándose ver. Comenzaba con estas palabras: Holly: (en el espacio) Ésta es una angustiosa llamada de socorro desde la nave minera "Enano Rojo". La tripulación está muerta por una fuga de radiación. Los únicos supervivientes son: Dave Lister, que estaba en animación suspendida durante el desastre, y su gata embarazada, que estaba sellada sin peligro en la bodega. Revivido tres millones de años más tarde, los únicos compañeros de Lister son: Gato, una forma de vida que evolucionó de su gata; Arnold Rimmer, una simulación de holograma de uno de los tripulantes muertos; y Kryten, un androide de servicio rescatado de una nave naufragada. Yo soy Holly, el ordenador de a bordo, con un cociente intelectual de 6.000, el mismo que 12.000 empleados de aparcamiento. FIN DEL MENSAJE. Narra las aventuras postapocalípticas de la tripulación del Enano Rojo mientras intentan volver a la Tierra y recuperar sus vidas anteriores. Las personalidades extremas de los personajes se confrontan a menudo y ninguno de ellos tiene reparos en aprovecharse de los demás. La historia es la siguiente: Dave Lister es el último ser humano vivo. Lister se embarcó en una nave minera (el Enano Rojo) para misiones en Júpiter. Lister compartía habitación con Arnold Rimmer, un maníaco del orden y la limpieza, egocéntrico y obsesivo, justo lo opuesto a Lister.
En este corte se cuenta el principio de la historia, es bueno -y se entiende bien, aunque no se sepa mucho inglés-:: Pasaporte, en Madrid y verano
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Llevaba varios días queriéndome renovar el pasaporte. En realidad, el que tengo no caduca hasta octubre, pero como es el modelo antiguo, y el lunes parto hacia los USA, necesitaba el nuevo. Me empezaba a urgir, y el viernes, por circunstancias que no vienen al caso, no pude ir. Miré por internet cuál era la comisaría más cercana a mi casa y los horarios. Lo ponía bien claro: calle Tal, número Tal, de 9 a 14 horas. El lunes, a eso de las once, me dirigí tan tranquila a la comisaría, y nada más llegar, veo una especie de tumulto en la puerta. Me acerco, agudizo el oído y casi me caigo para atrás. No quedan números. ¿Números? No quedan números. Para hoy no hay números. El policía de la puerta sólo hace repetir la misma frase. ¿Y a qué hora hay que venir? A las nueve, mañana a las nueve se repartirán nuevos números. Menos mal que me dediqué a hacer preguntas a los que se encontraban allí esperando, porque descubrí que había que irse a las siete y media para hacer cola porque si llegabas a las nueve o más tarde ya no pillabas número. En ese momento también tuve la lucidez de ir a preguntarle a la de información (espera cola) si la foto que acababa de hacerme en el fotomatón era válida para el pasaporte, y me dijo que ése modelo sí, pero que la foto en concreto no, porque tenía un ¡brillo blanco! Toma ya. Tres euros tirados. Me pregunto yo… sé que quizá es una pregunta tonta: si es una comisaría que se dedica exclusivamente a la tramitación de documentación, ¿por qué pone en el horario de 9 a 14?, ¿por qué en ningún sitio explican que si no vas de siete y media a ocho y media no te atenderán? Encima el policía de la puerta tampoco te lo explica si no lo sonsacas. Y tampoco lo explica ningún cartel. Tan sólo hay colgado uno, viejo, donde figura escrito a mano, con una letra casi gótica: “Agotados los números para pasaporte”. También hay otro que explica que el plazo de tramitación es de cuarenta y ocho horas. Ahí respiré tranquila. Me daba tiempo. También me enteré, exponiendo mi caso a unos y a otros (en realidad casi todos se encontraban en circunstancias parecidas), que si a ultimísima hora te presentas en el aeropuerto, con un billete, te lo hacen en el acto, pero no quise ser tan arriesgada. Total, informada, me fui a hacer unas compras para mi viaje y de tapeo con una amiga. En un grave error de cálculo, esa misma noche, no se sabe cómo, acabé de copas con mi amiga, y llegué a casa pasada la una de la noche, con un tajón respetable. No tengo remedio ninguno. ¿A quién se le ocurre? Qué horror, qué mal cuerpo cuando me desperté. Muriéndome, descubrí que había overbooking en el baño, por lo que al final he llegado a las ocho a la comisaría. Había una cola importante, aunque estaban mezclados los del DNI (que también van por número) y los del pasaporte. A las nueve repartieron los números (algunas personas que habían esperado cola se quedaron sin ellos), y a mí me tocó el 59. Guardé el número, modelo carnicería, cuidadosamente en mi cartera, no fuéramos a tonterías. No parecía mal número, el 59. La cosa aparentemente mejora cuando veo (en una pantallita luminosa, modelo carnicería igualmente) que empieza a contar a partir del once. El pánico empieza a cundir cuando descubrimos (yo y los amigos que a esas alturas ya me había hecho) el ritmo al que evolucionaba la cosa. A los pasaportes se dedicaba una sola funcionaria, y ¿cómo describirla? ¿parsimoniosa?. Hicimos cálculos, iba a unos trece números por hora. Sin embargo nos resistíamos a aceptarlo, pensábamos que en algún momento aquello aceleraría de alguna manera mágica. Desayunamos, me hice nuevas fotos. Me dio tiempo a buscar una tienda de fotografía (por no sacar brillos esta vez), pero estaba cerrada. Otros tres euros en un fotomatón. Cinco años más con un pasaporte con foto con cara de espanto, con lo bien que había salido en las "inservibles". Nos dedicábamos a estudiar los movimientos de la funcionaria, a criticarla (obviamente), a contar experiencias similares, a despotricar de la Administración. La gente se llamaba de nombre su número, de apellido DNI o Pasaporte. Por ejemplo, yo era 59 Pasaporte. Aunque al final se hicieron grupos más cerrados y ya nos llamábamos por el nombre verdadero. Charlando con unos y con otros, me enteré que de las quince comisarías que expiden documentos en Madrid cinco están en obras. Nadie ha pensado, obviamente, en trasladar a esos funcionarios a las que se mantienen abiertas, ni en hacer las obras en invierno, o qué digo yo, en otoño, ¿primavera? No, en verano, que es cuando casualmente (y lo saben) las comisarías se desbordan de gente que viene a renovar sus documentos porque se va de vacaciones. Caso aparte merecen los niños. Hé ahí otra. Los niños, que acaban de coger vacaciones, ya pueden ir a comisaría y sacar los pasaportes para viajar con sus padres. Cuando veíamos que padre/madre con niños se acercaba al mostrador nos echábamos a temblar, tardaban considerablemente más que los “singles”. Supusimos que, al ser la primera emisión de pasaporte, la gestión era más larga. Los extranjeros también eran temidos, pues solían echar su rato, aunque no comparable al de los niños. Me he encontrado con gente que venía de otras comisarías, dándolo por imposible, y decían que la comisaría a la que yo fui es la mejor. Por lo visto, en la de Santa Engracia (que abre también por la tarde, no como a la que yo fui), la cola es kilométrica, y a las dos, cuando cierran, después de no haber podido hacer nada en toda la mañana, la gente se queda esperando hasta que a las cuatro vuelvan a abrir. Nos alucinábamos continuamente cada vez que el policía de la puerta le decía a todo el que iba llegando (sin tener ni idea de dónde se estaba metiendo y guiándose tan sólo por los horarios publicados en internet o colgados de la puerta, como yo había ido el día anterior) que no quedaban números, que mañana a las nueve. A veces éramos nosotros mismos a los que nos daba pena la gente y le explicábamos bien cómo iba toda la movida. Al no dar correctamente la información, no sólo le estás haciendo perder a la gente un día, sino dos, pues el primero se suele pagar la inocentada, si no es de no conseguir número, como me pasó a mí, de pensar que vas a tardar mucho menos de lo que al final tardas. En un momento determinado, viendo que aquello avanzaba tan poco y empezándonos a asustar un poco, decidimos esperar un rato en la cola de información (no había otra cosa que hacer) y preguntar si había la posibilidad de que se quedase gente fuera a pesar de tener número. Y nos respondieron categóricamente que no, que si teníamos número nos atendían. Respiramos aliviados, sobre todo porque en mi grupo éramos de la zona de los cincuenta y tantos y los sesenta y pocos, y sabíamos que más o menos entrábamos, pero a pesar de las palabras de la de información, no nos terminaban de cuadrar las cuentas sobre cómo iban a entrar los 99. Así pasaron las diez, las once, las doce (parece la canción de Sabina) y… ¡la una! Me atendieron, por fin, a la una. La señora que llevaba el 99 tiene que estar contentísima, sobre todo por las mentiras que nos echaron los de información diciendo que entrábamos todos. Es completamente imposible que esa señora haya entrado según el ritmo que hasta la una pude observar. Ah, y el cartelito que pone en la puerta de que los pasaportes te los dan a las cuarenta y ocho horas es mentira, yo puedo ir a recogerlo el viernes de nueve a dos. Eso son setenta y dos horas, si no se me ha olvidado contar. Aunque bueno, visto como está la cosa, hasta contenta debería de estar de que por fin vaya a tener mi nuevo pasaporte e irme de vacaciones. Había pensado en sacarme el carnet de conducir internacional. Le van a dar mucho. Pienso conducir, si al final lo hago, con mi carnet normal de España. Una canción , para relajarme/relajarnos. ¿Funciona el Odeo? No, no lo puedo creer:
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